martes, 20 de agosto de 2019

_ La indestructibilidad del mal

La indestructibilidad del mal

Las humanizaciones nos simplifican el entendimiento: la madre naturaleza, nos da vida y alimento, el sol en un carro que atraviesa el firmamento al salir nos da su calor, el padre celestial nos cuida, el demonio nos tienta a hacer lo malo.

Las personificaciones del bien y el mal, como dioses, nos permiten establecer una dualidad universal que quizás no exista: en el universo los astros nacen y renacen, como simples cambios de estados en que crecen, estallan, se fragmentan, se hacen estrellas, se enfrían, se comprimen, y así, pasan por cambios que para nosotros no son ni bien ni mal, sólo pasan. De manera similar pasan en nuestro mundo cosas terribles de las cuales ni nos enteramos, por lo que no cuentan para nada para nosotros. El bien y el mal lo experimentan quienes lo sienten, a través de su sentidos. Así lo que era para nosotros irrelevante se vuelve motivo de preocupación cuando la radio nos cuenta las noticias de este acontecimiento, se vuelve mal.

Por un lado es el mal aquello que nos ocasiona sufrimiento y no podemos cambiar como la enfermedad, la vejez o la muerte, pero también es cuando hacemos sufrimiento a otros, donde tenemos la capacidad de incurrir y aún así no lo hacemos puesto que un beneficio personal genera mas placer que el interés sobre el sufrimiento de los demás.

Mi hijo preguntaba constantemente "¿Porque Dios no destruye al Diablo?". Y es que cuando las humanizaciones se afianzan como única explicación de estos hechos morales. Estas "organismos abstractos" adquieren órganos, cuerpos y caras. Dios es un anciano de túnicas blancas, diablo es un animaloide rojizo de aspecto de murcielago o reptiloide. Pero estas figuras son muy localizadas. Si bien dioses del bien y del mal se encuentran en muchas sino en todas las culturas, sus aspectos difieren considerablemente.

Un ejemplo intresante encontramos en la mitología griega, donde no existe un dios completamente bueno ni uno malo que representen tales pasiones, sino que cada dios es capaz y de echo adolece de ambas. Chronos mata a sus hijos para no tener contrincante, Zeus engana a su celosa mujer con diosas y mujeres humanas. Las diosas se pelean por ser la mas bella y así, sólo por nombrar algunas de sus debilidades. Zeus, el padre de los dioses y más poderoso, no es en ningún sentido la personificación del bien, sino sólo la del poder cosa que quizás para el entonces griego era más importante y digno de un dios.

Pero regresemos a nuestro entorno cristiano, donde existe un sólo dios infinito, perfecto y bueno.

Si existe un Lúcifer, la destruccion de él no significa destruir al mal, porque lo que es el mal es la mala eleccion que Lucifer hizo.

Siempre que hay dos o más alternativas, una podrá ser mejor o peor que la otra. Esto hace que una alternativa sea "más mala" que la otra alternativa que entonces es "mejor" o "más buena".

El mal es entonces sólo una idea abstracta, capaz de mutar según diferentes contextos, sin ser por ello "manejable". Es decir, una conciencia nos esta diciendo constanstemente estas diferencias, en la vida diaria. Podemos escojer entre desayunar en la mañana un café con pan o una avena con frutas. Algo nos dirá que es mejor, y algo nos dirá que escojer, aunque no siempre sea lo mejor. En el ámbito privado y personal estas decisiones no afectan a los demás, por lo cual resultan socialmente irrelevantes, aunque en el plano de la conciencia puedan crear crisis terribles, como en el alcohlismo y otras adicciones, que llegan a atravesar el plano privado para entrar en el social.

Pero dentro de esta idea, podemos concluír que el mal es una larga palabra que incluye muchas cosas, dentro de las cuales existe un universo de males intocables (p.e. el agotamiento de la energía de nuestro sol), mientras que existen males de humanidad, muy posiblemente solucionables, como las enfermedades, el hambre y la explotación. Mientras que existe un mal "espiritual", ese pequeño diablillo que nos induce a hacer lo que no debemos, o a no hacer lo que debemos. Contra los dos primeros, tenemos a la ciencia, la cultura y nuestra sociedad, pero el último mal, aún permanece indómito. Tenemos cárceles, leyes, disciplinas, éticas, religiones, pero ese mal continúa atormentándonos. 

En las religiones tenemos un buen arsenal de armas: reglas prácticas, técnicas mnemonicas, fe, amor, historia, identificación cultural, ilusión y hasta miedo. Aunque algunos deciden apartarse y fundamentar sus vidas en otros valores, la verdad es que parece ser que a muchos les resultan necesarias. El hecho de que contra toda comprobación empírica moderna, guerra acérrima por parte del grueso de la comunidad científica e intelectual, seguimos aferrados a nuestras fe, así como la universalidad de la experiencia mística, demuestran que de una u otra manera, una gran mayoría de nosotros, necesitamos de la fe, de Dios, y de una religión que nos ayude a conectarnos con ese Dios.

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